viernes, 16 de mayo de 2008

Cuentos Misántropos: EN EL BUEN SENTIDO DE LA PALABRA

Simón Sucinto era el hombre más bueno de la comarca. Que digo de la comarca, de la región, que era ancha y basta a lo bárbaro. Si en ese inmenso lugar del que hablamos alguien pasaba pena o necesidad, sólo tenía que acudir a Simón Sucinto y este resolvía sus problemillas. ¿Qué tenía hambre? Simón Sucinto le invitaba a unas lentejas; que tenía sed, un vasico agua; malestar general, toma aspirina; asuntos inmobiliarios, ahí va un piso. A los niños les pagaba el dentista. Y así con todo, y con todos. Era un hombre muy bueno Simón Sucinto. Ahí va el bueno de Simón Sucinto decían las gentes de la basta región cuando le veían pasar, excelente persona, prócer sin par.

El día que el precio de los cereales se puso por las nubes y el del pan por la estratosfera, apareció por el despacho de Simón Sucinto una señora que decía estar delegada por el Ministerio de Economía para suplicarle una solución a tal problema. Al día siguiente no sólo había bajado el precio del pan, es que hasta el Gobierno anunció su disposición a regalarlo, adjuntando diez litros de gasolina y un teléfono móvil.

Otro día llegó a su despacho el Papa de Roma, su problema, anunció, eran las ojeras, pues es que, aún creyendo en Dios y amándolo sobre todas las cosas, no dejaba de pensar en esa chica famosa, esa tal Scarlet Johanson. Pues al día siguiente, esta hacía votos e ingresaba en el Cuerpo de Monjas al Servicio de su Excelencia Papal.

Otro día se presentó en el despacho del bueno de Simón Sucinto un banco de atunes acosado por una flota pesquera de hambrientos japoneses. Tras su mediación, dicha especie fue declarada patrimonio de la humanidad, y los atunes especie protegida.

Y ya llega el día que aparece por el despacho un asesino como un piano. Su problemilla, se sincera, es quiere matar a la humanidad entera y así, al detall, no acabará nunca. He aquí, se dijo Simón Sucinto, el problemilla que siempre esperé. Y sacando de un cajón de la mesa un bonito revolver, le pegó un tiro entre cejas al asesino como un piano. Muerto tú, dijo Simón Sucinto, muerta tu humanidad. Y se quedó tan pancho.

Silla Jotera

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