viernes, 16 de mayo de 2008

Cuentos Contados: EL PICHA 2.0

Érase una vez en Lpzfhgs, una aldeita de tras los montes del lejano inaudito, un joven al que llamaban el Picha, porque siempre estaba diciendo picha, picha por aquí, picha por allá, picha.

Un día, estaba el Picha a punto de decir picha y de entrar en la farmacia para comprar gominolas, cuando la viuda Güendoline se le acercó y le dijo, Picha, me gustaría que pasara usted esta tarde por casa para cortarme unos cuantos troncos para la chimenea, ¿le importaría pasar a eso de las seis? Claro que si, señora Güendoline, le cortaré esos troncos con mucho gusto, a las seis pasaré por su casa. El Picha compró sus gominolas, y a las seis se presentó en casa de la viuda Güendoline. Había diez troncos inmensos de sequioa para cortar, y el pobre Picha tardó cuatro días con sus noches para serrar aquellas bestias y dejarlas al tamaño de la diminuta chimenea de la viuda Güendoline. Esta, le pagó por tal trabajo cuatro monedas de realazo, una por día. Se podía pagar mejor, pero no estaba mal.

Otro día, estaba el Picha a punto de decir picha y de entrar en el bar para tomarse un refresco, cuando se le acercó la viuda Henryette y le dijo, Picha, sería muy agradable que pasara usted por mi casa esta tarde, necesito que alguien traslade unos mueblecitos al desván ¿me podría ayudar usted? Claro que si, señora Henryette, a las seis pasaré por su casa y trasladaré esos mueblecitos. Luego el Picha se tomó un refresco en el bar, y por la tarde se llegó a la casa de la viuda Henryette. Veintidós armarios roperos como trasatlánticos había que subir al desván (un cuarto piso) desde el sub-sotanillo. Una semana laboral moderna tardó el Picha en completar la ascensión, y la viuda Henryette le recompensó su esfuerzo con seis monedas de realazo, una por día. Se podía pagar mejor, pero no estaba mal.

Otro día, iba el Picha por la calle y estaba a punto de decir picha y cambiar de acera, cuando se cruza con la viuda de Romanones e Hijos, y esta le dice, Picha, a ver si pasa esta tarde por casa y me pega un repaso al jardín que desde la muerte del conde lo tengo algo olvidadillo. Como no señora de Romanones e Hijos, yo me paso esta tarde mismo y le arreglo el césped y lo que le haga falta. Luego el Picha cambió de acera, y por la tarde se acercó a la casa de la viuda de Romanones e Hijos. El conde había muerto hacía ya un lustro, y el jardín era una selva salvaje a más no poder, hasta tigres podía haber allí dentro. Dos semanitas tardó el Picha en dejar el jardín aparente, con sus buganvillas inhiestas y todo, y la viuda de Romanones e Hijos le pagó por ello catorce monedas de realazo, una por día. Se podía pagar mejor pero no estaba mal.

Y ya un día, estaba el Picha harto de viudas, en misa y repicando, cuando le dio por contar sus ahorrillos, que ascendían a 24 monedas de realazo. Un fortunón. Con este dinero, se dijo el Picha, por fin podré realizar mi sueño. Y a la mañana siguiente, con su atillo bajo el brazo y en él las cuatro pertenencias imprescindibles y sus 24 monedas de realazo, el Picha salió de Lpzfhgs por el caminillo que lleva al sur. Antes de perder la absurda aldeilla de vista, se giró y le pegó un último vistazo. Luego se dio media vuelta, y continuó su camino hacia el sur, hacia una nueva vida, una vida en la que los cuentos no estuvieran contados. Y unos pasos más allá, perdido ya en el horizonte lejano e inaudito de tras los montes, dijo ‘picha’, que todavía no lo había dicho.

Silla Jotera

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