Prisciliano Necodermo, Arregunato Sonecdótico, Regunola Lapiconera, Urragunda Decadiz, y el Picha (a quien así llamaban porque siempre andaba diciendo picha, picha por aquí, picha por allá, picha) vivían en Lpzfhgs, allá tras los montes de la lejanía inaudita. Pero aquella aldeucha provinciana y sobrada de rumiantes lecheros no satisfacía sus expectativas de ocio, así que este grupo de amigos decidió alquilar una avioneta con piloto, y emprender un viaje vacacional por las remotas instalaciones geográficas africanas. Un viaje al inhóspito, apuntó el Picha, mientras el aventurado grupete abordaba la avioneta de alquiler del capitán Salamiento.
Al principio que se dice el viaje fue bien, pero nada más despegar la avioneta comenzó a lanzar pedorros y a dar bandazos arriba y abajo y de aquí para allá. Viento de cola, dijo el capitán Salamiento soltando los mandos de la avioneta, corriendo hacia la portezuela de esta, y saltando por ella al vacío, bien provisto de su reglamentario paracaídas, aunque este estuviera mal enrollado y de poco le sirviera en su salto. Bueno, justicia poética se le llama a esto, apuntó el Picha mirando por la portezuela el destozole del capitán contra el suelo. Ya, dijo Urragunda Decadiz, pero ahora que hacemos porque aquí ninguno sabemos pilotar un avión. Yo si, dijo Arregunato Sonecdótico, yo hice la mili en la marina y se pilotar un avión. Pero como, preguntó Urragunda, lo lógico sería que supieras llevar barcos, no aviones. Es que estuve en un portaaviones. Ah, bueno, suspiraron todos, pues venga ponte a los manos in-me-dia-ta-men-te, le rogaron.
Pero luego resultó que aquel modelo de avioneta no lo llevaba el portaviones de Arregunato Sonecdótico, así que no sabía como funcionaban todos esos mandos del copón bendito. Bueno, tranquilos, dijo el Picha, yo tengo un simulador de vuelo en el pc y se parece bastante a todo esto, voy a ver si…
En efecto, aquella avioneta se guiaba más o menos como el juego de vuelo del ordenata del Picha, así que durante unas horas volaron sin complicaciones y con sólo unos cuantos patos migratorios a la vista. Pero de pronto… El combustible, dijo el Picha, que se acaba. Y ahora que hacemos, preguntó Urruganda Decadiz, siempre a la que salta la liebre. Moriremos, sentenció Arreguntao Sonecdótico, siempre jodiéndola. Moriremos estampados contra el suelo, afinó Prisciliano Necodermo. Reventaus, afinó más Regunola Lapiconera. Podría intentar aterrizar en aquella ladera escarpada que sobresale entre esa selva espesa, dijo el Picha.
Y eso hizo, un flecha el Picha con su simulador. Y una vez aterrizados, se dispusieron a sobrevivir en la selva. Bueno, agua parecía haber en varios arroyuelos. Vino, el Picha había subido a la avioneta una garrafa de 50 litros, que no estaba mal. Pero comida, comida sólo llevaban unos bocatas para el viaje, y con eso no iban a durar mucho. Bueno, dijo Arregunato Sonecdótico, en esta selva no faltarán bichos y frutas y todo eso. No, dijo Regunola Lapicerona, lo mejor, es que hagamos un sorteo para determinar el orden en el que nos comeremos los unos a los otros. Un silencio incómodo se hizo en la selva. Las risillas del Picha, a penas contenidas, vinieron a romperlo. En serio, dijo Regunola Lapicerona, ahora esta posibilidad os parece una bromilla, pero dentro de un día o dos, cuando estemos hartos de ásperos semi-cocos e indomables raíces, nos miraremos como a bisteques, yo ya pasé por esto con mi difunto marido, y bien bueno que estaba.
Esta bien, dijo Urruganda Decadiz, siempre a la que salta la liebre, hagamos ese sorteo. Lo hicieron con los típicos palitos de distintas medidas, vamos: todos de una medida y uno no. Este, le tocó al Picha. Serás el primero que nos comamos, dijo Urruganda Decadiz, siempre a la que salta la liebre. Vale, dijo el Picha, y dicho esto le soltó un guantazo que la empotró contra una palmera muy exótica y la desnucó muy limpiamente. Sorbámosle los sesos ahora que está calentita, apuntó Prisciliano Necodermo.
Reconfortados por el menú del día, se dispusieron ha pernoctar en la tupida selva. Algo habrá que desayunar mañana, apuntó sabiamente Prisciliano Necodermo. Hagamos otro sorteo, dijo Regunola Lapicerona. Le tocó el palillo a Prisciliano Necodermo. Se lo comieron a media noche, pues el hambre era mucha, y mucha más grande el ansia. Por la mañana, Arregunato Sonecdótico, Regunola Lapiconera, y el Picha hicieron un nuevo sorteo para ver como se solucionaba el almuerzo. El palillico le tocó a Arregunato Sonecdótico.
Iban Regunola Lapiconera y el Picha por la selva, cuando a este se le despertó el gusanillo. Aguanta un poquillo, le dijo Regunola Lapiconera, seguro que en nada encontramos un holidayhin y ya verás como nos ponemos de langostinos. En efecto, al ratillo encontraron un hotel de la cadena tal, y tras una reponedora ducha, bajaron al restaurante y encargaron unos deliciosos langostinos. Tcxh, ya no saben igual, dijo Regunola Lapiconera. Bueno, dijo el Picha, pues hagamos un sorteo.
Silla Jotera
viernes, 16 de mayo de 2008
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