Érase que se era una vez una Princesa, que se llamaba Teodora y era más bonita que un amanecer entre las piernas de una estrella de Hollywood. La Princesa Teodora tenía un padre, que era el Rey Teodoresky, y que era muy malo muy malo y no la quería nada. Un día, en viendo el Rey Teodoresky que la princesa Teodora crecía muy guapa y turbadora, y que sus caballeros se ponían nerviosillos cuando ella andaba por los alrededores, decidió ocultar su belleza encerrándola en la torre más alta del castillo.
La pobre Princesa Teodora, allí encerrada, se volvía loca de soledad, destemplanza y desaliño, y se puso tan tan enferma, que el malvado Rey no tuvo más remedio que mandar llamar al médico de la corte. La Princesa sufre ‘melancoliensis gravitis’, dictaminó el galeno. Y que podemos hacer, inquirió el Rey. Lo mejor, aconsejó el discípulo hipocrático, es que dispongáis una granja de ranas y que se coma tres al día, mañana, tarde y noche. ¿Ranas?, preguntó el Rey muy muy incrédulo, ¿estáis seguro? Ranas, sentenció el médico, tres al día, asadas, hervidas o confitadas, pero ranas.
A los caballeros, soldados y lacayos del castillo, les fue encomendada la tarea de asaltar las charcas de la región y capturar cuantas más ranas mejor, para depositarlas después en un práctico criadero que los carpinteros de la corte andaban ya preparando. Se reunieron miles de ranas, y los cocineros se dispusieron a prepararlas para su condimento y cocción, fritura, asado… Aunque al principio a la Princesa todas las ranas le parecían iguales, con el tiempo aprendió a diferenciar sus charcas de procedencia atendiendo a sus sabores y carnales texturas.
Un día, la Princesa recibió, como consumidora número uno de sus productos, una invitación para visitar la granja de ranas de la que provenía su alimento y medicamento. Al entrar en la granja, lo primero que llamó su atención fue el estruendoso estruendo que alzaban aquellos verdosos bichos con su ininterrumpido croar. Luego apreció el aroma a charca, a húmedos hierbajos. Finalmente se fijó en una ranita tímida y de delicada cintura que se hallaba un poco apartada de las demás. La Princesa se acercó a ella y le preguntó ‘que te pasa, ranita, porque no juegas con tus amiguitas’. No soy una ranita, le respondió la rana, soy un Príncipe de mucho cuidao, lo que pasa es que la Bruja de Constantinopla me hizo un conjuro y me convirtió en rana, y así me veo. Que pena más grande, dijo la Princesa Teodora, vivir condenado a ser un feo saurio habiendo sido un Príncipe. Y muy apuesto por cierto, apuntó la rana, mientras extraía de debajo de su piel un pequeño lienzo en el que aparecía retratado con honrosos ropajes y sobrada donosura. Visto lo visto, la Princesa ordenó que separaran del anfibio rebaño a aquella ranita, y que la trasladaran a sus aposentos.
Una vez en ellos, la Princesa, sosteniendo a la ranita sobre la palma de una de sus delicadas manos, le dijo: verás, he escuchado que existe una fórmula para deshacer este tipo de conjuros de bruja barata. No puede ser, dijo la rana, eso sería mi salvación, rápido, decidme cual es, por piedad. Bueno, ejem, bastará con que una bella Princesa que yo me sé os de un apasionado beso en los labios, entonces se deshará el entuerto y recobraréis vuestra principesca apariencia, luego, para mantener anulado el conjuro in eternum, sólo deberéis desposaros conmigo. Ah no, exclamó la rana, no puedo aceptar ese trato. Pero porqué, inquirió la Princesa, acaso no soy bella o de vuestro agrado, acaso no es poderoso el reino que algún día os ofreceré. No, no, si eso está muy bien, pasa que, que, bueno, que a mí no me va eso de dar besos a las chicas, que yo, que yo… Bue, zanjó la Princesa, que sois príncipe y sois rana, y además, más maricón que un palomo cojo.
Silla Jotera
viernes, 16 de mayo de 2008
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