El culo de Lalo Pimentel se ofrecía a las fauces del cocodrilo como una madre ofrecería el bocata de jamón a sus vástagos. Coco Largo sacó la vara del lago y le pegó un palazo en el culo a Lalo Pimentel, que dando un respingo lo introdujo de nuevo en la canoa y dijo Joder Coco como te pasas. Entonces asomó el cocodrilo de las aguas y lanzó un voraz mordisco al lugar donde segundos antes reposaba el culo de Lalo Pimentel. Culo a salvo, dijo Coco. Joder Coco que miedo, dijo Lalo Pimentel, mirando con ojos muy abiertos los ojos del cocodrilo, que le observaban.
También le observaban los guerreros Tuku-tuku, que ocultos en la frondosidad de los márgenes del lago se relamían ante la visión de aquel wuana apetitoso. Pero sólo se relamían, inmóviles e impertérritos dejaron pasar la canoa lago arriba. Hacia su aldea.
Ahora Lalo Pimentel meaba en el lago por la borda de la canoa y decía Joder Coco que alivio. Coco Largo sacó la vara del lago y le pegó un palazo en el rabo a Lalo Pimentel, que dando un respingo lo introdujo de nuevo en sus pantalones y dijo Joder Coco. Entonces asomó el cocodrilo de las aguas y lanzó un voraz mordisco al lugar donde segundos antes se encontraba el rabo de Lalo Pimentel. Joder Coco que miedo, dijo Lalo Pimentel mirando con ojos muy abiertos los ojos del cocodrilo, que le observaban.
Y también le observaban los guerreros Tuku-tuku, que en la frondosidad de los márgenes del lago se relamían, aunque inmóviles e impertérritos dejaran pasar la canoa lago arriba. Hacia su aldea, a la que ya habían enviado oportuno aviso. Preparen la olla.
Lalo Pimentel tenía hambre y Coco Largo decidió acercarse a la orilla y cazar algún mono para asarlo a la paisana. Repasaban los huesillos del costillar del mico cuando Lalo Pimentel lamentó no disponer de un purito para rematar la comilona. Con uno de los huesillos, Lalo Pimentel se escarbó entre los dientes. Coco Largo se puso de pie de un salto al tiempo que gritaba Tú no hacer Tú no hacer. No hacer el qué le preguntó Lalo Pimentel algo alarmado. Tú no jugar con hueso de mono, ser gran yuyo. Pero hombre, si nos lo hemos comido, nos querrás que ahora le tengamos pena y le hagamos una tumbita. Mono, dijo Coco Largo con gran dignidad, ser hermano que ofrece su vida para que nosotros vivir, no para jugar, nosotros comer mono pero jugar con pelota, no con mono. No me toques las pelotas Coco, dijo Lalo Pimentel seleccionando ahora el cráneo pelado del suculento mono. Se levantó con el cráneo en la mano, adoptó la postura de un quarterback, y le pegó un patadón al cráneo del mono, que voló por encima de las copas de los árboles de la frondosa selva del Kirikiki.
Y voló y voló, hasta impactar en el duro cabezón de Yolo Coloco, el jefe de los guerreros Tuku-tuku que en la frondosidad de los márgenes del lago se relamían, inmóviles e impertérritos, dejando pasar la canoa lago arriba, hacia su aldea. Pero el jefe Yolo Coloco ya no estaba inmóvil ni impertérrito, se dolía y se frotaba el chichón, y sostenía el cráneo del mono con incredulidad no exenta de ira. Yuyo, yuyo, el wana hace yuyo. Había que mandar un nuevo aviso a la aldea. Que no prepararan la olla, a los idiotas se los comían crudos. Y vivos.
Lalo Pimentel y su panza llena dormían la siesta en la canoa, su mano desvanecida se sumergía en las aguas. Coco Largo introdujo la vara en el fondo de las aguas para impulsar la canoa, y el cocodrilo asomó sus ojillos. Coco Largo miró para otro lado. Y entonces vio a los Tuku-tuku escondidos en la frondosidad de los márgenes del río. De un palazo consiguió que Lalo Pimentel introdujera su mano en la canoa y el cocodrilo mordiera de nuevo en blando. Joder Coco que susto, dijo Lalo Pimentel. Tú no tener susto, enseguida llegar a aldea Tuku-tuku. Y esos son amigos, preguntó Lalo Pimentel. Seguro, respondió Coco Largo.
Silla Jotera
viernes, 16 de mayo de 2008
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