Érase una vez que se era un tipo con pinta de cigarra al que en el barrio llamaban El Picha porque con su eterno cigarro en la boca no dejaba de mascullar la palabra picha, picha por aquí picha por allá, picha. El Picha, pues, con su cigarro infinito y su pinta de cigarra, se pasaba el día en el Café de Fleur, consumiendo absentas, comentando los desatinos de los tertulianos televisivos, diciendo picha.
Luego estaba que se era Don Regulo, un tipo con una pinta de hormiga impresionante, alto y delgado, con panchita y extremidades desproporcionadas, vestido de negro y con su sombrerito. Una pinta de hormiga que llegaba a su colmen en una mirada oscura y lateral que asustaba. Don Regulo asustaba, pero como se pasaba el día metido en la oficina bancaria de la que era responsable pues sólo asustaba a los que allí entraban.
Y vete aquí que un día, al alcalde de la agradable población de Lpzfhgs en la que El Picha y Don Regulo moraban, decidió pasarse por la oficina bancaria para interesarse por la marcha de sus ahorros e inversiones, que no eran pocos ni ligeros. Don Regulo recibió al alcalde con la acostumbrada pompa y ceremonia municipal, y tras concluir la recepción con un vino español y algo de picar, ambos se dispusieron a inspeccionar el estado financiero de tan apreciado cliente.
Concluida la inspección y levantado informe, se concluyó que el alcalde estaba triste pero determinantemente arruinado. No se sabía como, pues el mundo de los mercados financieros es inescrutable, las inversiones del alcalde se habían esfumado entre pequeños va y vienes y otras fluctuaciones menos unidireccionales. Ya sabía usted, le dijo Don Regulo, que esto de la bolsa es lo de hoy rico y mañana miserable, y perdone por lo de miserable, usted siempre será un cliente considerado, buenos días señor.
La noticia de la inmediata ruina del alcalde corrió como la pólvora en la pequeña localidad de Lpzfhgs, y a la mañana siguiente las gentes, asustadas ante la posibilidad de una súbita semejanza con el alcalde en la nunca antes habían reparado, corrieron a la oficina bancaria de Don Regulo para inspeccionar sus de pronto frágiles asuntos financieros. Al mediodía, redactados los consecuentes informes de las diversas indagaciones, se concluyó que todo el pueblo estaba en la ruina más absoluta y desoladora. Y no, no se podía saber como, el mercado financiero es como es pero además resultaba intraducible para aquellas rurales gentes a quienes un día tentó un anuncio, una recomendación, una ambición.
Aquel día Don Regulo cerró la oficina bancaria con gran satisfacción. Por cada duro que perdían sus clientes, el banco ganaba dos perras. Pérdidas había, pero eran pérdidas de sus clientes, y al banco al fin sólo le quedaban ganancias. Para eso se inventaron los bancos, así había sido y así sería siempre, mientras hubiera dinero, y fuera este el medio y el fin, tal como siempre ha sido y será. Al cabo, el banco mantenía saneadas sus cuentas, y aunque arruinados sus conciudadanos, estos siempre habían demostrado laboriosidad, y un ánimo a prueba de malos tiempos. Sabrán salir adelante, sabrán ahorrar, volverán a traer sus dineros cuando los tengan, claro que si. Incluso, incluso, pensó Don Regulo, podríamos iniciar una campaña para conceder ciertos créditos en ciertas condiciones, no tan benevolentes como en ocasiones anteriores, claro, que la cosa ya ven que está mal, pero…
Durante un tiempo, las entristecidas y arruinadas gentes de Lpzfhgs se dedicaron, tras los consabidos lamentos, ayes, y algún aislado suicidio, a rehacer sus vidas, trabajos, negocios, haciendas, con empeño y laboriosidad intentaron alcanzar el nivel de alegría y buena vida que un día disfrutaron a base de opciones de riesgo. En vano, pues los nuevos créditos que les había concedido Don Regulo no consiguieron si no desequilibrar a la brava el ya frágil equilibrio de sus demacradas cuentas bancarias. Don Regulo, cada día más atento y solícito con las operaciones de sus clientes, se sentía satisfecho.
Un día Don Regulo olvidó en casa la fiambrerita con la que solía trasportar el acostumbrado almuerzo del mediodía, que realizaba en la misma oficina bancaria. De natural apetente, decidió que haría una excepción y se acercaría al Café de Fleur para comer. Y eso hizo. Cuando Don Regulo entró en el Café de Fleur encontró al alcalde sirviendo las mesas. Que le vamos ha hacer, le dijo este, el pluriempleo ayuda, y las propinas, ya sabe, en fin, que hay que salir adelante, luchar, a ver si consigo reunir unos ahorrillos y... Hace bien, le dijo Don Regulo, el futuro es de los laboriosos y los cautos, y ahora tráigame un bistec con patatas.
En una de las mesas del Café de Fleur se sentaba El Picha, abotargados él y su mesa por los incontables vasos de absenta que se había echado al coleto durante la mañana, mientras corregía con un lápiz despuntado, la musical escritura de una melodía que desde pequeño, que el recordara, se empeñaba en componer, sin saber muy bien por qué y mucho menos como. Después de corregir los garabatos de una penosa hoja con su desdichado lapicero, procedía a entonar los arreglos. La la la la… no, no, ese la es un La, a ver, La la La la, eso es… Y volvía a corregir los garabatos.
Cuando el alcalde sirvió el bistec a Don Regulo este, señalando con la barbilla a El Picha le dijo, oiga, dígale a ese pamplinas que se calle, hombre, que este es un sitio donde las gentes decentes venimos a comer buenamente y no tenemos porque soportar estos espectáculos de beodos mal entonados. Y eso hizo el camarero alcalde, se dirigió a la mesa de El Picha y le pidió a este que, por respeto al alimenticio momento del comensal y compañero de sala, postergara sus esfuerzos líricos para, por ejemplo, el anochecer, menos concurrido. A El Picha no le hizo gracia el recado de su compañero de sala.
Y se levantó y se dirigió a su mesa, y se sentó frente a Don Regulo. Porque no le gustan mis melodías, le preguntó. Perdóneme, pero si esos, digamos coloristas alaridos, son para usted una melodía, yo soy el hombre del tiempo. La sabía, dijo El Picha. El qué, preguntó Don Regulo. Que es usted el hombre del tiempo. No, no, es un decir, yo soy el encargado de la oficina bancaria. Ah, se desinteresó de pronto El Picha, ese, pues vaya. Qué insinúa con ese pues vaya, adujo Don Regulo. Nada, nada, que es usted ese que ha arruinado a todo el pueblo ¿no? Ni mucho menos, se sonrojó Don Regulo atragantándose de paso con un trocito sucinto de bistec perfectamente cortado, al contrario, si la ruina de los lpzfhgsanos no va a más es gracias a mis benéficos y auxiliadores créditos, faltaría más. Ya, dijo El Picha, valorando la posibilidad de volver a su mesa ante la sin importancia de aquel comensal.
Por cierto, dijo Don Regulo, creo que a usted no le he visto nunca por la oficina bancaria. No, dijo El Picha, nunca. Y eso, no me dirá usted que aún guarda sus ahorros bajo una baldosa. No, es que, verá, a mí el dinero me caduca. Que quiere decir. Pues que me caduca, así que mi filosofía es dinero que tengo dinero que gasto, si no me caduca, ya le digo. Pero que barbaridad está diciendo usted, como va a caducar el dinero, madre mía. Pues es una norma mía, ya le digo. Pero, si cada día se gasta usted el dinero que tiene como vive al día siguiente, dígame. Pues consigo más dinero. Consigue usted más dinero, así de fácil, y como lo consigue usted. Vendo canciones. ¿Vende canciones, como la que estaba usted tarareando antes en su mesa? Exactamente. No me haga reír. Oh, siempre puedo volver a mi mesa y continuar tarareando esa nueva cancioncilla, ya sabe, es un poco delirante y repetitiva, y no es barata, aunque más caro el silencio. Ya entiendo, ejem, y, y son muy caras esas, sus cancioncillas. Bueno, ya sabe usted que ahora el mercado está muy movido, están los derechos de autor, el canon, y luego las amortizaciones, plusvalías…
Silla Jotera
viernes, 16 de mayo de 2008
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